martes, 17 de junio de 2014

Cuando no tengas un lugar donde llorar (Luis Sepúlveda, 'Desencuentros')



Mas mis dioses son flacos y dudé.
Antonio Cisneros

Cuando no tengas un lugar donde llorar, acuérdate de mis palabras y anda a casa de Mamá Antonia.
Es muy fácil dar con ella; bastará con que indagues entre los hombres del muelle y, sin mayores preámbulos, te dirán cómo llegar hasta la vieja casona de madera.
Es probable que el pórtico te sorprenda y te haga sentir confuso. Pensarás que te has equivocado y que te encuentras ante la casa del arzobispo, pero no te detengas, sigue adelante, cruza la mampara ignorando los rostros andróginos de los querubines que adornan las paredes y llama sólo una vez al timbre del mesón. Te atenderá un ser salido de las profundidades.
Es un hombre extraño, desde luego. En los bares del puerto comentan que un tranvía le cortó las dos piernas cuando huía de un marido celoso y que reptando llegó a desaguar su tragedia a casa de Mamá Antonia. Se dice también que ésta se compadeció del medio hombre agonizante y que, luego de pagar la cauterización de los muñones, mandó que le construyeran una tarima dotada de un complicado sistema de resortes que lo saca del sueño con el ruido del timbre y que lo impulsa hacia la altura como a un monigote de espanto. Son muchas las cosas que se dicen en los bares del puerto, pero tú sabes cómo es la lengua de los estibadores.
El medio hombre sacará un ajado libro de registro. Anotará en él tu nombre, edad, ocupación conocida y finalmente preguntará por el motivo del llanto. Si esto último no lo tienes del todo claro o si te faltara, no te preocupes. Parte del servicio de la casa es proporcionar buenos motivos para llorar a gritos, o en silencio. Eso queda a tu entera elección.
El medio hombre brincará sobre un pequeño carrito y te conducirá por un oscuro pasillo hasta que encuentres una puerta abierta. Verás que en la habitación hay una cama, una silla y un espejo.
Te sentirás nervioso, eso es más que seguro, pero debes confiar, confiar en Mamá Antonia es lo único que importa. Serás atacado por un incontenible deseo de fuga y, cuando quieras hacerlo, verás que el umbral de la puerta está ocupado por una mujer gorda, enorme, de tales dimensiones que apenas logra pasar al interior del cuarto.
Sin decir una palabra avanzará jadeando hasta tu encuentro, te empujará a la cama, se arrojará sobre ti y te besará en la boca introduciendo su lengua hasta tus amígdalas. Cuando sientas que te ataca el primer ahogo, se echará a un lado y comenzará a desvestirse sin dejar de mirarte. No te alarmes. Te mirará con odio. Con un odio incontenible que aumentará sus jadeos. Ella es Mamá Antonia.
Verás un desorden de carnes oscuras. Un universo de tetas grandes como zapallos, pezones casi tan voluminosos como un puño cerrado, un tonel del que nacen dos piernas inmensamente gruesas y, entre ellas, bajo pliegues de grasa, alcanzarás a ver el vello ralo de un pubis secreto.
Comprobarás también que esa masa de carne está en perpetuo movimiento, que bastaría con un buen puñal para abrir esa bolsa y esparcir a ese ser gelatinoso por toda la habitación. Ella no dirá palabra alguna. Simplemente gemirá mientras te asedia, luego aullará como los lobos, contorneándose en una desaforada ceremonia de invitación hacia su cuerpo.
Te sentirás arrinconado, y desde tu lugar, la pieza tiene cuatro esquinas y no importa cuál elijas para refugiarte, la verás sudar, chorrear incansablemente, oirás que de entre sus piernas proviene un sonido de sapos reventados, verás sus ojos blancos, su lengua de proporciones inenarrables colgándole entre los labios y, por el chirrido de sus dientes, comprobarás la magnitud de sus orgasmos, y sabrás que es incansable mirando cómo su mano derecha va y viene perdiéndose entre las piernas.
Serás tú quien gemirá entonces, acobardado ante tu propia excitación, pero no te preocupes, recuerda que nada es obsceno si proviene del deseo.
Arrojarás tus ropas en desorden y te lanzarás sobre la mole jadeando también como un perro. Tendrás la sensación de hundirte por doquier en esa carne sudorosa y caliente. Besarás, morderás, buscando hacer daño, causar dolor, dolor que libere, golpearás buscando con tu sexo el orificio secreto, te engañarás sintiendo que la verga, torpe y ciega, arremete y se vacía sin conseguir colmar tu deseo creciente. Querrás hacer algo más, el maldito algo más de la vergüenza, recordarás que tienes lengua y, al intentar introducirla entre las dos columnas de sus piernas, Mamá Antonia te arrojará a un lado, pues le estorbas en el alud de placer onanista que se avecina.
Ahora sí te incorporarás aterrado, ahora sí, asqueado. Buscarás tu imagen en el espejo, pero ésta nunca aparecerá. Sólo Mamá Antonia existirá en su luna, sólo la mole gimiente, ahogada a ratos por su propia saliva.
Te vestirás apresurado, intentarás abrir la puerta descubriendo que está cerrada desde fuera, gritarás llamando al medio hombre para que te saque, le ofrecerás dinero, tu reloj de pulsera, todo lo que llevas encima a cambio de que te abra la puerta, mas los gritos de Mamá Antonia serán más poderosos que los tuyos y sin darte cuenta estarás llorando, hincado, arañando la superficie de madera.

Llorarás ignorando el tiempo. Pasarás del llanto frenético al pausado, casi silencioso, del inocente, y, cuando estés cansado, girarás la cabeza descubriendo que Mamá Antonia está vestida, sentada sobre la cama mirándote compasiva. Ahora llorarás de vergüenza, ella te llamará a su lado y acariciará tu cabeza, te sonará los mocos, te secará las babas, te preguntará si ya te sientes mejor, o si prefieres llorar otra vez. Si te decides por repetir, no te preocupes, de todas formas es cortesía de la casa el proporcionar a la salida una gota de limón en cada ojo y un cubito de hielo para deshinchar los párpados.

La senda del perdedor, Charles Bukowski (3)


Mi padre tenía dos hermanos. El más joven se llamaba Ben y el mayor se llamaba John. Los dos eran alcohólicos y mangantes. Mis padres hablaban a menudo de ellos.
—Ninguno de los dos vale para nada —decía mi padre.
—Vienes de una mala familia, papá —decía mi madre.
—¡Pues tu hermano tampoco vale para nada!
El hermano de mi madre vivía en Alemania. Mi padre hablaba a menudo mal de él.
Tenía otro tío, Jack, que, estaba casado con la hermana de mi padre, mi tía Elinore. Yo nunca había visto a ninguno de los dos porque se llevaban mal con mi padre.
—¿Ves esta cicatriz en mi mano? —preguntaba mi padre—. Bueno, ahí es donde me clavó Elinore un lápiz afilado cuando yo era casi un niño. La cicatriz nunca ha llegado a desaparecer.
A mi padre no le gustaba la gente. Yo tampoco le gustaba.
—Los niños deben ser vistos, pero no se les debe oír —me decía.
Ocurrió un domingo por la tarde en que no estaba la abuela Emily.
—Deberíamos ir a ver a Ben —dijo mi madre—. Se está muriendo.
—Se llevó casi todo el dinero de Emily. Lo tiró en el juego, las mujeres y la bebida.
—Ya lo sé, papá.
—A Emily no le queda dinero para dejarnos cuando se muera.
—Deberíamos de todas formas ir a ver a Ben. Dicen que sólo le quedan dos semanas de vida.
—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Iremos!
Así que nos subimos en el Ford T y nos pusimos en marcha. Nos llevó tiempo, y mi madre tuvo que pararse a por flores. Era un viaje largo hacia las montañas. Llegamos a las colinas y cogimos la carretera de subida de la montaña. El tío Ben estaba en un sanatorio allá arriba, muriéndose de tuberculosis.
—A Emily le debe estar costando un montón de dinero el tener a Ben allí arriba.
—Puede que Leonard esté ayudando.
—Leonard no tiene nada. Se lo ha gastado todo en bebida y en el juego.
—A mí me gusta el abuelo Leonard —dije yo.
—A los chicos se les debe ver, pero no oír —dijo mi padre.
Luego siguió—: Ah, Leonard sólo era bueno con nosotros cuando estaba borracho. Bromeaba y nos daba dinero. Pero al día siguiente era el hombre más antipático y violento del mundo.
El Ford T subía muy bien la carretera de la montaña. El tiempo era claro y soleado.
—Aquí es —dijo mi padre. Metió el coche en el aparcamiento del sanatorio y nos apeamos. Seguí a mis padres al interior del edificio. Cuando entramos en su habitación, mi tío Ben estaba incorporado en la cama, mirando por la ventana. Se dio la vuelta y nos miró. Era un hombre muy guapo, delgado, de pelo moreno, y tenía ojos oscuros que relucían, brillaban con una luz resplandeciente.
—Hola, Ben —saludó mi madre.
—Hola, Katy. —Entonces me miró a mí—. ¿Este es Henry?
—Sí.
—Sentaos.
Mi padre y yo nos sentamos.
Mi madre siguió de pie.
—Te hemos traído estas flores, Ben. No veo ningún jarrón.
—Son unas flores muy bonitas, gracias, Katy. No, no hay jarrón.
—Iré a buscar uno —dijo mi madre.
Salió de la habitación con las flores en la mano.
—¿Dónde están ahora todas tus novias, Ben? —preguntó mi padre.
—Vienen de vez en cuando.
—Seguro.
—Te digo que vienen de vez en cuando.
—Estamos aquí porque Katherine quería verte.
—Lo sé.
—Yo también quería verte, tío Ben. Creo que eres un hombre muy guapo.
—Como mi culo —dijo mí padre.
Mi madre entró en la habitación con las flores colocadas en un jarrón.
—Ya está. Las pondré en esta mesa junto a la ventana.
—Son unas flores muy bonitas, Katy.
Mi madre se sentó.
—No podemos quedarnos mucho tiempo —dijo mi padre.
El tío Ben buscó bajo el colchón y su mano sacó un paquete de cigarrillos. Cogió uno, raspó una cerilla y lo encendió. Pegó una larga calada y expulsó el humo.
—Sabes que no puedes fumar cigarrillos —dijo mi padre—. Sé cómo los consigues. Estas putas te los traen. Bueno, se lo pienso decir a los doctores y voy a hacer que no permitan venir a esas malditas prostitutas.
—No seas un mierda —protestó mi tío.
—¡Tengo el suficiente juicio como para quitarte ese cigarrillo de la boca! —dijo mi padre.
—Nunca has sido una buena persona —dijo mi tío.
—Ben —intervino mi madre—, no deberías fumar, te va a matar.     
—He tenido una buena vida —dijo mi tío.
—Nunca has tenido una buena vida —dijo mi padre—. Todo el día vagueando, pidiendo dinero prestado, yendo de putas, emborrachándote. ¡No has trabajado un solo día en toda tu vida! ¡Y ahora te estás muriendo a los veinticuatro años!
—No ha estado mal —dijo mi tío. Le pegó otra calada al Camel, luego echó el humo.
—Vámonos de aquí —dijo mi padre—. ¡Este tipo está loco!
Mí padre se levantó. Luego se levantó mi madre. Luego yo.
—Adiós, Katy —dijo mi tío—, y adiós, Henry—. Me miró para indicar a qué Henry se refería.
Seguimos a mi padre por los pasillos del sanatorio y salimos al aparcamiento hasta el Ford T. Subimos, se puso en marcha y comenzamos el viaje montaña abajo por la serpenteante carretera.
—Deberíamos habernos quedado un rato más —dijo mi madre.
—¿No sabes que la tuberculosis es contagiosa? —dijo mi padre.
—A mí me parece un hombre muy guapo —intervine yo. —Es la enfermedad —dijo mi padre—. Les da ese aspecto.
Y además de la tuberculosis, ha cogido también muchas otras cosas.
—¿Qué cosas? —pregunté yo.

—No te lo puedo decir —contestó mi padre. Siguió manejando el volante del Ford T bajando por la tortuosa carretera de montaña mientras yo me preguntaba qué había querido decir.

Marqués de Sade, 'LA FILOSOFÍA EN EL TOCADOR o Los preceptores inmorales', Diálogos

Segundo Diálogo

SEÑORA DE SAINT-ANGE, EUGENIA.

SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Eh! Buenos días, hermosa mía; te esperaba con una impaciencia
que fácilmente adivinarás si lees en mi corazón.
EUGENIA: ¡Oh, querida mía! Creí que no llegaría nunca, tanta era la prisa que tenía
por estar en tus brazos; una hora antes de partir, he temblado de miedo a que fuera imposible
venir; mi madre se oponía rotundamente a este delicioso viaje; pretendía que no era
conveniente que una joven de mi edad viniese sola; pero mi padre la había golpeado tanto
anteayer que una sola de sus miradas ha dejado anonadada a la señora de Mistival; ha
terminado por consentir lo que me concedía mi padre, y he acudido corriendo. Me han
dado dos días; es absolutamente preciso que tu coche y una de tus criadas me devuelvan
pasado mañana.
SRA. DE SAINT-ANGE: ¡Qué breve es ese intervalo, ángel mío! Apenas podré, en tan
poco tiempo, expresarte todo lo que me inspiras..., y además tenemos que hablar; ¿no sabes
que es en esta entrevista en la que debo iniciarte en los misterios más secretos de Venus4?
¿Tendremos tiempo en dos días?
EUGENIA: ¡Ah, si no sé todo, me quedaré!... He venido aquí para instruirme y no me
iré sin ser sabia.
SRA. DE SAINT-ANDE, besándola: ¡Oh, amor querido, cuántas cosas vamos a
hacernos y decirnos una a otra! Pero, a propósito, ¿quieres almorzar, reina mía? Es
posible que la lección sea larga.
EUGENIA: Querida amiga, no tengo otra necesidad que oírte; hemos almorzado a
una legua de aquí; ahora esperaré hasta las ocho de la tarde sin sentir la menor necesidad.
SRA. DE SAINT-ANGE: Pasemos, pues, a mi tocador, ahí estaremos más a gusto;
ya he prevenido a mis criados; tranquilízate, que a nadie se le ocurrirá interrumpirnos.

(Pasan a él abrazadas.)

Las ciudades invisibles, fragmento (Ítalo Calvino)



Enviados a inspeccionar las remotas provincias, los mensajeros y los recaudadores de impuestos del Gran Kan regresaban puntualmente al palacio real de Kemenfú y a los jardines de magnolias a cuya sombra Kublai paseaba escuchando sus largas relaciones. Los embajadores eran persas sirios coptos turcomanos; es el emperador el extranjero para cada uno de sus súbditos y sólo a través de ojos y oídos extranjeros el imperio podía manifestar su existencia a Kublai. En lenguas incomprensibles para el Kan los mensajeros referían noticias escuchadas en lenguas que les eran incomprensibles: de ese opaco espesor sonoro emergían las cifras percibidas por el fisco imperial, los nombres y los patronímicos de los funcionarios depuestos y decapitados, las dimensiones de los canales de riego que los magros ríos alimentaban en tiempos de sequía. Pero cuando el que hacia el relato era el joven veneciano, una comunicación diferente se establecía entre él y el emperador. Recién llegado y absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.   
Con el sucederse de las estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó con la lengua tártara y con muchos idiomas de naciones y dialectos de tribus. Sus relatos eran ahora los más precisos y minuciosos que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o curiosidad a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar remitía la mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco lo había designado. El nuevo dato recibía un sentido de aquel emblema y al mismo tiempo añadía al emblema un sentido nuevo. Quizá el imperio, pensó Kublai, no es sino un zodiaco de fantasmas de la mente.
—El día que conozca todos los emblemas— preguntó a Marco— ¿conseguiré al fin poseer mi imperio?
Y el veneciano:

—Señor, no lo creas: ese día serás tú mismo emblema entre los emblemas.

Roberto Bolaño 'Ocho segundos de Nicanor Parra'* Miércoles 25 de abril de 2001






Sólo estoy seguro de una cosa con respecto a la poesía de Nicanor Parra en este nuevo siglo: pervivirá. Esto, por supuesto, significa muy poco y Parra es el primero en saberlo. No obstante, pervivirá, junto con la poesía de Borges, de Vallejo, de Cernuda y algunos otros. Pero esto, es necesario decirlo, no importa demasiado.
 La apuesta de Parra, la sonda que proyecta Parra hacia el futuro, es demasiado compleja para ser tratada aquí. También: es demasiado oscura. Posee la oscuridad del movimiento. El actor que habla o que gesticula, sin embargo, es perfectamente visible. Sus atributos, sus ropajes, los símbolos que lo acompañan como tumores son corrientes: es el poeta que duerme sentado en una silla, el galán que se pierde en un cementerio, el conferenciante que se mesa los cabellos hasta arrancárselos, el valiente que se atreve a orinar de rodillas, el eremita que ve pasar los años, el estadístico atribulado. No estaría de más que para leer a Parra uno contestara la pregunta que se hace y nos hace Wittgenstein: "¿Esta mano es una mano o no es una mano?". (La pregunta debe uno hacérsela mirando su propia mano).
 Me pregunto quién escribirá ese libro que Parra tenía pensado y que nunca escribió: una historia de la segunda guerra mundial contada o cantada batalla tras batalla, campo de concentración tras campo de concentración, exhaustivamente, un poema que de alguna forma se convertía en el reverso instantáneo del "Canto general" de Neruda y del que Parra sólo conserva un texto, el "Manifiesto", en donde expone su ideario poético, un ideario que el mismo Parra ha ignorado cuantas veces ha creído necesario, entre otras cosas porque para eso, precisamente, están los idearios: para dar una vaga idea del territorio inexplorado en el que se internan, y no muy a menudo, los escritores verdaderos, pero que a la hora de los riesgos y peligros concretos sirve de muy poco.
 El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado. El poeta mexicano Mario Santiago, hasta donde sé, fue el único que hizo una lectura lúcida de su obra. Los demás sólo hemos visto un meteorito oscuro. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.
 Hay momentos en la travesía de un poeta en la que a éste no le queda más remedio que improvisar. Aunque el poeta sea capaz de recitar de memoria a Gonzalo de Berceo o conozca como nadie los heptasílabos y endecasílabos de Garcilaso, hay momentos en que lo único que puede hacer es arrojarse al abismo o enfrentarse desnudo ante un clan de chilenos aparentemente educados. Por supuesto, hay que saber atenerse a las consecuencias. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.
 Un apunte político: Parra ha conseguido sobrevivir. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana neostalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco cómplice silenciosa de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las universidades norteamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra. Es más, yo diría, llevado seguramente por el entusiasmo, que no sólo Parra, sino también sus hermanos, con Violeta a la cabeza, y sus rabelesianos padres, han llevado a la práctica una de las máximas ambiciones de la poesía de todos los tiempos: joderle la paciencia al público.
 Versos tomados al azar. Es un error creer que las estrellas puedan servir para curar el cáncer, dijo Parra. Tiene más razón que un santo. A propósito de escopeta, les recuerdo que el alma es inmortal, dijo Parra. Tiene más razón que un santo. Y así podríamos seguir hasta que no quedara nadie. Les recuerdo, de todas maneras, que Parra también es escultor. O artista visual. Estas puntualizaciones son perfectamente inútiles. Parra también es crítico literario. Una vez resumió en tres versos toda la historia de la literatura chilena. Son estos: "Los cuatro grandes poetas de Chile/ Son tres/ Alonso de Ercilla y Rubén Darío".
 La poesía de las primeras décadas del siglo XXI será una poesía híbrida, como ya lo está siendo la narrativa. Posiblemente nos encaminamos, con una lentitud espantosa, hacia nuevos temblores formales. En ese futuro incierto nuestros hijos contemplarán el encuentro sobre una mesa de operaciones del poeta que duerme en una silla con el pájaro negro del desierto, aquel que se alimenta de los parásitos de los camellos. En cierta ocasión, en los últimos años de su vida, Breton habló de la necesidad de que el surrealismo pasara a la clandestinidad, se sumergiera en las cloacas de las ciudades y de las bibliotecas. Luego no volvió a tocar nunca más el tema. No importa quien lo dijo:
La hora de sentar cabeza no llegará jamás.

 *Prólogo del catálogo de la exposición de Parra que se inaugura
hoy en Madrid.


lunes, 16 de junio de 2014

CRATES, Cínico (Marcel Schwob, 'Vidas Imaginarias')


Nació en Tebas, fue discípulo de Diógenes y conoció también a Alejandro. Su padre,
Ascondas, era rico Y le dejó doscientos talentos. Un día, cuando había ido a ver una
tragedia de Eurípides, se sintió inspirado ante la aparición de Telefo, rey de Misia,
vestido con harapos de mendigo y con una cesta en la mano. Se levantó en el teatro y
anunció con voz fuerte que distribuiría entre quienes los quisieran los doscientos
talentos de su herencia y que desde ese momento las vestimentas de Telefo le serían
suficientes. Los tebanos se pusieron a reír y se amontonaron delante de su casa; no
obstante, él reía más que ellos. Les arrojó su dinero y sus muebles por las ventanas, tomo
un manto de tela y una alforja; luego se fue.
Al llegar a Atenas vagabundeó por las calles y descansó apoyando las espaldas en las
murallas, en medio de los excrementos. Puso en práctica todo lo que aconsejaba
Diógenes. Su tonel le pareció superfino. A juicio de Crates, el hombre no era de ningún
modo un caracol ni un paguro. Vivió completamente desnudo en medio de la basura y
recogió cortezas de pan, aceitunas podridas y espinas de pescado seco para llenar su
alforja. Decía que esa alforja era una ciudad amplia y opulenta donde no se encontraba
parásitos ni cortesanas y que producía para su rey suficiente tomillo, ajo, higos y pan.
Así Crates cargaba su patria en sus espaldas y se alimentaba de ella.
No se mezclaba en los asuntos públicos, ni siquiera para burlarse de ellos y no era
afecto a insultar a los reyes. No aprobó de ningún modo esa actitud de Diógenes quien,
habiendo gritado un día, "¡Hombres, acercaos!", golpeó con su bastón a los que habían
acudido y les dijo "¡Llamé a hombres, no a excrementos!". Crates fue tierno con los
hombres. Nada lo inquietaba. Las llagas le eran familiares. Lamentaba mucho no tener el
cuerpo lo bastante flexible como para poder lamerlas, como hacen los perros. Deploraba
también la necesidad de valerse de alimentos sólidos y de beber agua. Pensaba que el
hombre debía bastarse a sí mismo, sin ninguna ayuda exterior. Por lo menos, no iba a
buscar agua para lavarse. Si la mugre lo molestaba, se conformaba con frotarse el cuerpo
contra las murallas, pues había observado que era así como procedían los asnos.
Hablaba rara vez de los dioses y no le importaban; lo mismo le daba que los hubiese o
no y sabía muy bien que no podrían hacerle nada. Por otra parte, les reprochaba el haber
hecho desgraciados a los hombres deliberadamente, al volverles el rostro hacia el sol y
privarlos de la facultad que tienen la mayoría de los animales, la de caminar en cuatro
patas. Puesto que los dioses decidieron que hay que comer para vivir, pensaba Crates,
debían haber vuelto el rostro de los hombres hacia la tierra, donde crecen las raíces;
nadie podría alimentarse de aire o de estrellas.
La vida no fue generosa con él. A fuerza de exponer sus ojos al polvo acre de la Ática
tuvo légañas. Una enfermedad de la piel desconocida lo cubrió de tumores. Se rascó con
sus uñas, que nunca recortaba y observó que así obtenía doble provecho, pues las iba
desgastando al mismo tiempo que experimentaba alivio. Sus largos cabellos llegaron a
parecerse a fieltro grueso y los dispuso en su cabeza de modo que lo protegieron de la
lluvia y del sol.
Cuando Alejandro fue a verlo, no le dirigió palabras mordaces, pero lo consideró
como un espectador más, sin hacer ninguna diferencia entre el rey y la muchedumbre.
Crates no tenía opinión de los grandes. Le importaban tan poco como los dioses. Sólo los
hombres le preocupaban y la manera de pasar la existencia con la mayor simplicidad
que fuera posible. Las recriminaciones de Diógenes lo hacían reír, no menos que sus
pretensiones de reformar las costumbres. Crates se creía muy por encima de
preocupaciones tan vulgares. Transformaba la máxima inscrita en el frontón del templo
de Delfos y decía: "Vive tú mismo". La idea de un conocimiento cualquiera le parecía
absurda. Lo único que estudiaba era las relaciones de su cuerpo con lo que le era
necesario, tratando de reducirlas tanto como fuera posible. Diógenes mordía como los
perros, pero Crates vivía como los perros.
Tuvo un discípulo, el nombre del cual era Metrocles. Era un joven rico de Maronea. Su
hermana Hiparquia, bella y noble, se enamoró de Crates. Está comprobado que lo amó y
que fue a buscarlo. La cosa parece imposible, pero es cierto. Nada la desalentó, ni la
suciedad del cínico, ni su pobreza absoluta, ni el horror de su vida pública. Él le previno
que vivía como los perros, en las calles, y que buscaba huesos en los montones de
basura. Le advirtió que nada de su vida en común sería ocultado y que la poseería
públicamente, cuando el deseo lo asaltara, como los perros hacen con las perras.
Hiparquia ya sabía todo eso. Sus padres trataron de retenerla; ella los amenazó con
matarse. Tuvieron piedad de ella. Entonces ella abandonó el pueblo de Maronea,
completamente desnuda, con los cabellos colgantes, cubierta sólo por una vieja tela, y
vivió con Crates, vestida igual que él. Se dice que tuvo de ella un hijo, Pasicles; pero
nada seguro hay al respecto.
Esta liparquia fue, según parece, buena con los pobres y compasiva; acariciaba a los
enfermos con sus manos; lamía sin ninguna repugnancia las heridas sangrientas de
aquellos que sufrían, persuadida de que eran para ella lo que las ovejas son para las
ovejas, lo que los perros son para los perros. Si hacía frío, Crates e Hiparquia se
acostaban apretados contra los pobres y trataban de darles algo del calor de sus cuerpos.
Les prestaban la ayuda muda que los animales se prestan los unos a los otros. No tenían
ninguna preferencia por ninguno de aquellos que se acercaban a ellos. Les bastaba con
que fuesen hombres.
Esto es todo lo que llegó a nosotros acerca de la mujer de Crates; no sabemos cuando
murió ni cómo. Su hermano Metrocles admiraba a Crates y lo imitó. Pero nunca tenía
tranquilidad. Su salud estaba trastornada por flatulencias continuas que no podía
contener. Desesperó y resolvió morir. Crates se enteró de su desdicha y quiso consolarlo.
Comió una buena cantidad de altramuces y fue a ver a Metrocles. Le preguntó si era la
vergüenza de su enfermedad lo que lo afligía de tal manera. Metrocles confesó que no
podía soportar esa desgracia. Entonces Crates, hinchado por los altramuces, soltó
ventosidades en presencia de su discípulo y le afirmó que la naturaleza sometía a todos
los hombres al mismo mal. Le reprochó en seguida el haber sentido vergüenza ante los
demás y le dio su propio ejemplo. Después soltó unas cuantas ventosidades más aún,
tomó a Metrocles de la mano y se lo llevó.
Los dos estuvieron mucho tiempo juntos en las calles de Atenas, con Hiparquia, sin
duda. Se hablaban muy poco. No sentían vergüenza por nada. Aunque revolvían los
mismos montones de basuras, los perros parecían respetarlos. Se puede pensar que, si
hubiesen sido apremiados por el hambre, se habrían peleado los unos con los otros a
dentelladas. Pero los biógrafos no han referido nada de ese tipo. Sabemos que Crates
murió viejo, que había terminado por permanecer siempre en el mismo lugar, echado
bajo el alero de un almacén del Pireo, donde los marineros guardaban los bultos del
puerto, que dejó de andar errabundo en busca de algo que roer, que no quiso ni siquiera
extender el brazo y que se lo encontró, un día, desecado por el hambre.

Roberto Bolaño '2666' (la parte de Archimboldi, fragmentos)

–Los galeses son unos cerdos –dijo el cojo a una pregunta de su hijo–. Unos cerdos absolutos. Los ingleses también son unos cerdos, pero un poco menos que los galeses. Aunque la verdad es que son igual de cerdos, pero intentan parecer un poco menos cerdos, y como saben fingir bien al final lo parecen.
Los escoceses son más cerdos que los ingleses y sólo un poco menos cerdos que los galeses. Los franceses son tan cerdos como los escoceses. Los italianos son lechones. Lechones dispuestos a comerse a su propia madre cerda. De los austríacos se puede decir lo mismo: cerdos y cerdos y cerdos. Nunca te fíes de un húngaro. Nunca te fíes de un bohemio. Te lamen la mano mientras te devoran el dedo meñique. Nunca te fíes de un judío: ése te come el pulgar y encima te deja la mano cubierta de babas. Los bávaros también son unos cerdos. Cuando hables con un bávaro, hijo mío, procura tener el cinturón bien abrochado. Con los renanos más vale ni siquiera hablar: en menos de lo que canta un gallo te querrán cortar una pierna. Los polacos parecen gallinas, pero si les arrancas cuatro plumas verás que tienen piel de cerdo. Lo mismo pasa con los rusos. Parecen perros famélicos pero en realidad son cerdos famélicos, cerdos dispuestos a comerse a quien sea, sin preguntárselo dos veces, sin el más mínimo remordimiento. Los serbios son igual que los rusos, pero en pequeño. Son como cerdos disfrazados de perros chihuahuas. Los perros chihuahuas son unos perros enanos, del tamaño de un gorrión, que viven en el norte de México y que aparecen en algunas películas americanas. Los americanos son unos cerdos, por supuesto. Y los canadienses, grandes cerdos inmisericordes, aunque los peores cerdos del Canadá son los cerdos francocanadienses, así como los peores cerdos de América son los cerdos irlandeses. Los turcos tampoco se salvan. Son cerdos sodomíticos, como los de Sajonia y los de Westfalia. Acerca de los griegos sólo puedo decir que son igual que los turcos: cerdos peludos y sodomíticos. Sólo los prusianos se salvan. Pero Prusia ya no existe. ¿Dónde está Prusia?
¿Tú la ves? Yo no la veo. A veces tengo la impresión de que murieron todos en la guerra. A veces, por el contrario, tengo la impresión de que mientras yo estaba en el hospital, ese inmundo hospital de cerdos, los prusianos emigraron en masa, lejos de aquí. A veces voy a los roqueríos y miro el Báltico y trato de adivinar hacia dónde se fueron las naves de los prusianos. ¿A Suecia?
¿A Noruega? ¿A Finlandia? Imposible: ésas son tierras de cerdos. ¿Adónde, entonces? ¿A Islandia, a Groenlandia? Trato de adivinarlo y no puedo. ¿Dónde están entonces los prusianos?