Sólo estoy seguro de una cosa con
respecto a la poesía de Nicanor Parra en este nuevo siglo: pervivirá. Esto, por
supuesto, significa muy poco y Parra es el primero en saberlo. No obstante,
pervivirá, junto con la poesía de Borges, de Vallejo, de Cernuda y algunos
otros. Pero esto, es necesario decirlo, no importa demasiado.
La apuesta de Parra, la sonda que proyecta Parra
hacia el futuro, es demasiado compleja para ser tratada aquí. También: es
demasiado oscura. Posee la oscuridad del movimiento. El actor que habla o que
gesticula, sin embargo, es perfectamente visible. Sus atributos, sus ropajes,
los símbolos que lo acompañan como tumores son corrientes: es el poeta que
duerme sentado en una silla, el galán que se pierde en un cementerio, el
conferenciante que se mesa los cabellos hasta arrancárselos, el valiente que se
atreve a orinar de rodillas, el eremita que ve pasar los años, el estadístico
atribulado. No estaría de más que para leer a Parra uno contestara la pregunta
que se hace y nos hace Wittgenstein: "¿Esta mano es una mano o no es una
mano?". (La pregunta debe uno hacérsela mirando su propia mano).
Me pregunto quién escribirá ese libro que
Parra tenía pensado y que nunca escribió: una historia de la segunda guerra
mundial contada o cantada batalla tras batalla, campo de concentración tras
campo de concentración, exhaustivamente, un poema que de alguna forma se
convertía en el reverso instantáneo del "Canto general" de Neruda y
del que Parra sólo conserva un texto, el "Manifiesto", en donde
expone su ideario poético, un ideario que el mismo Parra ha ignorado cuantas
veces ha creído necesario, entre otras cosas porque para eso, precisamente,
están los idearios: para dar una vaga idea del territorio inexplorado en el que
se internan, y no muy a menudo, los escritores verdaderos, pero que a la hora
de los riesgos y peligros concretos sirve de muy poco.
El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los
jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los
puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la
pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles
y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la
tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente
fuera a ser electrocutado. El poeta mexicano Mario Santiago, hasta donde sé,
fue el único que hizo una lectura lúcida de su obra. Los demás sólo hemos visto
un meteorito oscuro. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.
Hay momentos en la travesía de un poeta en la
que a éste no le queda más remedio que improvisar. Aunque el poeta sea capaz de
recitar de memoria a Gonzalo de Berceo o conozca como nadie los heptasílabos y
endecasílabos de Garcilaso, hay momentos en que lo único que puede hacer es
arrojarse al abismo o enfrentarse desnudo ante un clan de chilenos
aparentemente educados. Por supuesto, hay que saber atenerse a las
consecuencias. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.
Un apunte político: Parra ha conseguido
sobrevivir. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda
chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi
y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana
neostalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco
cómplice silenciosa de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los
mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las
universidades norteamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de
Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra. Es más, yo
diría, llevado seguramente por el entusiasmo, que no sólo Parra, sino también
sus hermanos, con Violeta a la cabeza, y sus rabelesianos padres, han llevado a
la práctica una de las máximas ambiciones de la poesía de todos los tiempos:
joderle la paciencia al público.
Versos tomados al azar. Es un error creer que
las estrellas puedan servir para curar el cáncer, dijo Parra. Tiene más razón
que un santo. A propósito de escopeta, les recuerdo que el alma es inmortal,
dijo Parra. Tiene más razón que un santo. Y así podríamos seguir hasta que no
quedara nadie. Les recuerdo, de todas maneras, que Parra también es escultor. O
artista visual. Estas puntualizaciones son perfectamente inútiles. Parra
también es crítico literario. Una vez resumió en tres versos toda la historia
de la literatura chilena. Son estos: "Los cuatro grandes poetas de Chile/
Son tres/ Alonso de Ercilla y Rubén Darío".
La poesía de las primeras décadas del siglo
XXI será una poesía híbrida, como ya lo está siendo la narrativa. Posiblemente
nos encaminamos, con una lentitud espantosa, hacia nuevos temblores formales.
En ese futuro incierto nuestros hijos contemplarán el encuentro sobre una mesa
de operaciones del poeta que duerme en una silla con el pájaro negro del
desierto, aquel que se alimenta de los parásitos de los camellos. En cierta
ocasión, en los últimos años de su vida, Breton habló de la necesidad de que el
surrealismo pasara a la clandestinidad, se sumergiera en las cloacas de las
ciudades y de las bibliotecas. Luego no volvió a tocar nunca más el tema. No
importa quien lo dijo:
La hora de sentar cabeza no llegará
jamás.
*Prólogo del catálogo de la exposición de
Parra que se inaugura
hoy en Madrid.
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