Mas mis dioses son flacos y dudé.
Antonio Cisneros
Cuando no tengas un lugar donde
llorar, acuérdate de mis palabras y anda a casa de Mamá Antonia.
Es muy fácil dar con ella;
bastará con que indagues entre los hombres del muelle y, sin mayores
preámbulos, te dirán cómo llegar hasta la vieja casona de madera.
Es probable que el pórtico te
sorprenda y te haga sentir confuso. Pensarás que te has equivocado y que te
encuentras ante la casa del arzobispo, pero no te detengas, sigue adelante,
cruza la mampara ignorando los rostros andróginos de los querubines que adornan
las paredes y llama sólo una vez al timbre del mesón. Te atenderá un ser salido
de las profundidades.
Es un hombre extraño, desde
luego. En los bares del puerto comentan que un tranvía le cortó las dos piernas
cuando huía de un marido celoso y que reptando llegó a desaguar su tragedia a
casa de Mamá Antonia. Se dice también que ésta se compadeció del medio hombre
agonizante y que, luego de pagar la cauterización de los muñones, mandó que le
construyeran una tarima dotada de un complicado sistema de resortes que lo saca
del sueño con el ruido del timbre y que lo impulsa hacia la altura como a un
monigote de espanto. Son muchas las cosas que se dicen en los bares del puerto,
pero tú sabes cómo es la lengua de los estibadores.
El medio hombre sacará un ajado
libro de registro. Anotará en él tu nombre, edad, ocupación conocida y
finalmente preguntará por el motivo del llanto. Si esto último no lo tienes del
todo claro o si te faltara, no te preocupes. Parte del servicio de la casa es
proporcionar buenos motivos para llorar a gritos, o en silencio. Eso queda a tu
entera elección.
El medio hombre brincará sobre un
pequeño carrito y te conducirá por un oscuro pasillo hasta que encuentres una
puerta abierta. Verás que en la habitación hay una cama, una silla y un espejo.
Te sentirás nervioso, eso es más
que seguro, pero debes confiar, confiar en Mamá Antonia es lo único que
importa. Serás atacado por un incontenible deseo de fuga y, cuando quieras
hacerlo, verás que el umbral de la puerta está ocupado por una mujer gorda,
enorme, de tales dimensiones que apenas logra pasar al interior del cuarto.
Sin decir una palabra avanzará
jadeando hasta tu encuentro, te empujará a la cama, se arrojará sobre ti y te
besará en la boca introduciendo su lengua hasta tus amígdalas. Cuando sientas
que te ataca el primer ahogo, se echará a un lado y comenzará a desvestirse sin
dejar de mirarte. No te alarmes. Te mirará con odio. Con un odio incontenible
que aumentará sus jadeos. Ella es Mamá Antonia.
Verás un desorden de carnes
oscuras. Un universo de tetas grandes como zapallos, pezones casi tan
voluminosos como un puño cerrado, un tonel del que nacen dos piernas
inmensamente gruesas y, entre ellas, bajo pliegues de grasa, alcanzarás a ver
el vello ralo de un pubis secreto.
Comprobarás también que esa masa
de carne está en perpetuo movimiento, que bastaría con un buen puñal para abrir
esa bolsa y esparcir a ese ser gelatinoso por toda la habitación. Ella no dirá
palabra alguna. Simplemente gemirá mientras te asedia, luego aullará como los
lobos, contorneándose en una desaforada ceremonia de invitación hacia su
cuerpo.
Te sentirás arrinconado, y desde
tu lugar, la pieza tiene cuatro esquinas y no importa cuál elijas para
refugiarte, la verás sudar, chorrear incansablemente, oirás que de entre sus
piernas proviene un sonido de sapos reventados, verás sus ojos blancos, su
lengua de proporciones inenarrables colgándole entre los labios y, por el
chirrido de sus dientes, comprobarás la magnitud de sus orgasmos, y sabrás que
es incansable mirando cómo su mano derecha va y viene perdiéndose entre las
piernas.
Serás tú quien gemirá entonces,
acobardado ante tu propia excitación, pero no te preocupes, recuerda que nada
es obsceno si proviene del deseo.
Arrojarás tus ropas en desorden y
te lanzarás sobre la mole jadeando también como un perro. Tendrás la sensación
de hundirte por doquier en esa carne sudorosa y caliente. Besarás, morderás,
buscando hacer daño, causar dolor, dolor que libere, golpearás buscando con tu
sexo el orificio secreto, te engañarás sintiendo que la verga, torpe y ciega,
arremete y se vacía sin conseguir colmar tu deseo creciente. Querrás hacer algo
más, el maldito algo más de la vergüenza, recordarás que tienes lengua y, al
intentar introducirla entre las dos columnas de sus piernas, Mamá Antonia te
arrojará a un lado, pues le estorbas en el alud de placer onanista que se
avecina.
Ahora sí te incorporarás
aterrado, ahora sí, asqueado. Buscarás tu imagen en el espejo, pero ésta nunca
aparecerá. Sólo Mamá Antonia existirá en su luna, sólo la mole gimiente,
ahogada a ratos por su propia saliva.
Te vestirás apresurado, intentarás
abrir la puerta descubriendo que está cerrada desde fuera, gritarás llamando al
medio hombre para que te saque, le ofrecerás dinero, tu reloj de pulsera, todo
lo que llevas encima a cambio de que te abra la puerta, mas los gritos de Mamá
Antonia serán más poderosos que los tuyos y sin darte cuenta estarás llorando,
hincado, arañando la superficie de madera.
Llorarás ignorando el tiempo.
Pasarás del llanto frenético al pausado, casi silencioso, del inocente, y,
cuando estés cansado, girarás la cabeza descubriendo que Mamá Antonia está
vestida, sentada sobre la cama mirándote compasiva. Ahora llorarás de
vergüenza, ella te llamará a su lado y acariciará tu cabeza, te sonará los
mocos, te secará las babas, te preguntará si ya te sientes mejor, o si prefieres
llorar otra vez. Si te decides por repetir, no te preocupes, de todas formas es
cortesía de la casa el proporcionar a la salida una gota de limón en cada ojo y
un cubito de hielo para deshinchar los párpados.
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