Mi
padre tenía dos hermanos. El más joven se llamaba Ben y el mayor se llamaba
John. Los dos eran alcohólicos y mangantes. Mis padres hablaban a menudo de
ellos.
—Ninguno
de los dos vale para nada —decía mi padre.
—Vienes
de una mala familia, papá —decía mi madre.
—¡Pues
tu hermano tampoco vale para nada!
El
hermano de mi madre vivía en Alemania. Mi padre hablaba a menudo mal de él.
Tenía
otro tío, Jack, que, estaba casado con la hermana de mi padre, mi tía Elinore.
Yo nunca había visto a ninguno de los dos porque se llevaban mal con mi padre.
—¿Ves
esta cicatriz en mi mano? —preguntaba mi padre—. Bueno, ahí es donde me clavó
Elinore un lápiz afilado cuando yo era casi un niño. La cicatriz nunca ha
llegado a desaparecer.
A mi
padre no le gustaba la gente. Yo tampoco le gustaba.
—Los
niños deben ser vistos, pero no se les debe oír —me decía.
Ocurrió
un domingo por la tarde en que no estaba la abuela Emily.
—Deberíamos
ir a ver a Ben —dijo mi madre—. Se está muriendo.
—Se
llevó casi todo el dinero de Emily. Lo tiró en el juego, las mujeres y la
bebida.
—Ya lo
sé, papá.
—A
Emily no le queda dinero para dejarnos cuando se muera.
—Deberíamos
de todas formas ir a ver a Ben. Dicen que sólo le quedan dos semanas de vida.
—¡Está
bien! ¡Está bien! ¡Iremos!
Así que
nos subimos en el Ford T y nos pusimos en marcha. Nos llevó tiempo, y mi madre
tuvo que pararse a por flores. Era un viaje largo hacia las montañas. Llegamos
a las colinas y cogimos la carretera de subida de la montaña. El tío Ben estaba
en un sanatorio allá arriba, muriéndose de tuberculosis.
—A
Emily le debe estar costando un montón de dinero el tener a Ben allí arriba.
—Puede
que Leonard esté ayudando.
—Leonard
no tiene nada. Se lo ha gastado todo en bebida y en el juego.
—A mí
me gusta el abuelo Leonard —dije yo.
—A los
chicos se les debe ver, pero no oír —dijo mi padre.
Luego
siguió—: Ah, Leonard sólo era bueno con nosotros cuando estaba borracho.
Bromeaba y nos daba dinero. Pero al día siguiente era el hombre más antipático
y violento del mundo.
El Ford
T subía muy bien la carretera de la montaña. El tiempo era claro y soleado.
—Aquí
es —dijo mi padre. Metió el coche en el aparcamiento del sanatorio y nos
apeamos. Seguí a mis padres al interior del edificio. Cuando entramos en su
habitación, mi tío Ben estaba incorporado en la cama, mirando por la ventana.
Se dio la vuelta y nos miró. Era un hombre muy guapo, delgado, de pelo moreno,
y tenía ojos oscuros que relucían, brillaban con una luz resplandeciente.
—Hola,
Ben —saludó mi madre.
—Hola,
Katy. —Entonces me miró a mí—. ¿Este es Henry?
—Sí.
—Sentaos.
Mi
padre y yo nos sentamos.
Mi
madre siguió de pie.
—Te
hemos traído estas flores, Ben. No veo ningún jarrón.
—Son
unas flores muy bonitas, gracias, Katy. No, no hay jarrón.
—Iré a
buscar uno —dijo mi madre.
Salió
de la habitación con las flores en la mano.
—¿Dónde
están ahora todas tus novias, Ben? —preguntó mi padre.
—Vienen
de vez en cuando.
—Seguro.
—Te
digo que vienen de vez en cuando.
—Estamos
aquí porque Katherine quería verte.
—Lo sé.
—Yo
también quería verte, tío Ben. Creo que eres un hombre muy guapo.
—Como
mi culo —dijo mí padre.
Mi
madre entró en la habitación con las flores colocadas en un jarrón.
—Ya
está. Las pondré en esta mesa junto a la ventana.
—Son
unas flores muy bonitas, Katy.
Mi
madre se sentó.
—No
podemos quedarnos mucho tiempo —dijo mi padre.
El tío
Ben buscó bajo el colchón y su mano sacó un paquete de cigarrillos. Cogió uno,
raspó una cerilla y lo encendió. Pegó una larga calada y expulsó el humo.
—Sabes
que no puedes fumar cigarrillos —dijo mi padre—. Sé cómo los consigues. Estas
putas te los traen. Bueno, se lo pienso decir a los doctores y voy a hacer que
no permitan venir a esas malditas prostitutas.
—No
seas un mierda —protestó mi tío.
—¡Tengo
el suficiente juicio como para quitarte ese cigarrillo de la boca! —dijo mi
padre.
—Nunca
has sido una buena persona —dijo mi tío.
—Ben
—intervino mi madre—, no deberías fumar, te va a matar.
—He tenido
una buena vida —dijo mi tío.
—Nunca
has tenido una buena vida —dijo mi padre—. Todo el día vagueando, pidiendo
dinero prestado, yendo de putas, emborrachándote. ¡No has trabajado un solo día
en toda tu vida! ¡Y ahora te estás muriendo a los veinticuatro años!
—No ha
estado mal —dijo mi tío. Le pegó otra calada al Camel, luego echó el humo.
—Vámonos
de aquí —dijo mi padre—. ¡Este tipo está loco!
Mí
padre se levantó. Luego se levantó mi madre. Luego yo.
—Adiós,
Katy —dijo mi tío—, y adiós, Henry—. Me miró para indicar a qué Henry se
refería.
Seguimos
a mi padre por los pasillos del sanatorio y salimos al aparcamiento hasta el
Ford T. Subimos, se puso en marcha y comenzamos el viaje montaña abajo por la
serpenteante carretera.
—Deberíamos
habernos quedado un rato más —dijo mi madre.
—¿No
sabes que la tuberculosis es contagiosa? —dijo mi padre.
—A mí
me parece un hombre muy guapo —intervine yo. —Es la enfermedad —dijo mi padre—.
Les da ese aspecto.
Y
además de la tuberculosis, ha cogido también muchas otras cosas.
—¿Qué
cosas? —pregunté yo.
—No te
lo puedo decir —contestó mi padre. Siguió manejando el volante del Ford T
bajando por la tortuosa carretera de montaña mientras yo me preguntaba qué
había querido decir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario